Una imagen de nuestro Nobel de Literatura presidirá en pocos meses la rotonda de la Cuesta del Carnicero: Juan Ramón sentado en actitud meditativa, tal vez rumiando la serena perfección de su rosa. Con pedestal, la estatua medirá más de tres metros, seguramente la cota simbólica que corresponde a un creador tan insigne. O tal vez la que conviene a un monumento como Dios manda, que además de rendir homenaje a un andaluz universal, no hay que olvidarlo, debe contribuir a la “monumentalización” de la ciudad, empeño más que encomiable de nuestro alcalde. Nada que objetar, Don Pedro, y menos en el lugar elegido: no, como usted dice, porque esté en el camino que Juan Ramón tomaba para el Instituto Rábida, que entonces no se encontraba en su actual ubicación, sino porque está rodeado de colegios e institutos, en el paso de estudiantes que puede que alguna vez lleven en su mochila una antología del moguereño o las páginas memorables sobre Platero. Ese secreto guiño entre el poeta y sus jóvenes lectores será mejor celebración que todos los eventos organizados para conmemorar una fecha traída por los pelos, para qué vamos a engañarnos. Si no, créanme, cuando terminen los fastos del cincuentenario, Juan Ramón seguirá siendo un poeta con nombre de Hospital. proyecto@dosorillas.org
