Tras años acudiendo al mismo pueblo de vacaciones, a la misma playa, a la misma casa alquilada, el hijo preguntó por primera vez: ¿mamá, porqué todas las veces vende globos esa mamá con sus hijos? Y la madre se quedó sin voz, encogida, tras enfocar el rostro cansado de esa otra mujer, oculta durante años tras globos de colores atados al mismo carrito. Y la madre, pequeñísima, sintió miedo de que alguna vez creciera la indiferencia en los corazones de sus hijos, y se atrevió a soñar en educar a personas críticas, participativas, austeras en el consumo y justas. Y empezó a hablar con sus hijos de lo que ocurría a su alrededor, y desertó de la pantalla grande que sólo irradia éxito y poder. Y así, tan llenos, se acercaron a comprar globos de colores, y pudieron conocer el porqué de su tristeza. Y ella, tan pobre, tan oculta, encontró humanidad en aquella familia que veraneaba por allí.
